
En una visita a un gimnasio, al norte de Bogotá, Wilber Pinzón realiza su rutina de ejercicios como cualquier otro día de la semana en el segundo piso de este centro deportivo, en donde se ubica el área de pesas y zona cardiovascular. Siendo más o menos las cuatro de la tarde empieza a crecer el flujo de personas en el gimnasio, permitiendo la diferenciación de ciertos niveles ya que el acceso a este lugar es público, pero a su vez, solo los que tiene la capacidad de pagar una matrícula, tienen el derecho a hacer uso de ciertos servicios que allí se prestan, mientras que los no matriculados tienen restringidos dichos servicios, el transito y el uso del lugar.
Antes de caer la tarde, empiezan a llegar otro tipo de instructores que no habíamos visto, según Wilber, eran “los personal” (en inglés), quienes son los entrenadores personalizados de ciertos miembros del gimnasio, con la capacidad económica de pagar entre 300.000 y 1.500.000 pesos mensuales, dependiendo del tiempo y la dificultad del trabajo; mientras ellos realizan sus trabajos en sus grandes oficinas, Wilber hace su entrenamiento con los instructores generales del gimnasio, que entre chiste y chanza hablan de la diferencia “estratosférica”, haciendo alusión a los estratos, entre estos dos grupos de entrenadores, “personals” y de planta, y son estos últimos quienes tienen un pequeño cubículo de 2 m x 2 m para ocho. Ya, cuando mucha gente ha salido de sus trabajos y se dirigen al gimnasio, empezamos a ver como se empieza a jerarquizar el uso de las máquinas, sin hablar de las mujeres, por parte de los grandes y bien alimentados deportistas. Mientras nos ejercitamos, podíamos ver como los más desarrollados ejemplares eran sumamente respetados en este contexto, donde ellos parecían ser los dueños de todo, hasta de las mujeres, pero por otro lado los más flacos y desnutridos quedan arrumados como costales de huesos en barco pirata, esperando ejercitarse o al menos esperando una miradita de las lindas chicas, o bien sea de aquellas que se sienten en la casa y van al gimnasio con cualquier harapo sin dárseles nada.
Antes de caer la tarde, empiezan a llegar otro tipo de instructores que no habíamos visto, según Wilber, eran “los personal” (en inglés), quienes son los entrenadores personalizados de ciertos miembros del gimnasio, con la capacidad económica de pagar entre 300.000 y 1.500.000 pesos mensuales, dependiendo del tiempo y la dificultad del trabajo; mientras ellos realizan sus trabajos en sus grandes oficinas, Wilber hace su entrenamiento con los instructores generales del gimnasio, que entre chiste y chanza hablan de la diferencia “estratosférica”, haciendo alusión a los estratos, entre estos dos grupos de entrenadores, “personals” y de planta, y son estos últimos quienes tienen un pequeño cubículo de 2 m x 2 m para ocho. Ya, cuando mucha gente ha salido de sus trabajos y se dirigen al gimnasio, empezamos a ver como se empieza a jerarquizar el uso de las máquinas, sin hablar de las mujeres, por parte de los grandes y bien alimentados deportistas. Mientras nos ejercitamos, podíamos ver como los más desarrollados ejemplares eran sumamente respetados en este contexto, donde ellos parecían ser los dueños de todo, hasta de las mujeres, pero por otro lado los más flacos y desnutridos quedan arrumados como costales de huesos en barco pirata, esperando ejercitarse o al menos esperando una miradita de las lindas chicas, o bien sea de aquellas que se sienten en la casa y van al gimnasio con cualquier harapo sin dárseles nada.

Ya terminada la rutina de ejercicios, Wilber hace los debidos estiramientos en la zona indicada, para concluir su provechosa tarde deportiva, la que culmina con un gran baño de agua fría en las instalaciones de gimnasio, para posteriormente acompañarnos a rematar, con una gran torta de atún.
Ronnie Coleman
Ronald Dean Coleman (nacido el 13 de mayo de 1964 en Monroe, Louisana, Estados Unidos), fisicoculturista estadounidense ganador de ocho títulos del Mr. Olympia . Es conocido como Ronnie Coleman y fue campeón entre 1998 y 2005 .
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